Mi historia

A los 12 años comencé a trabajar en los barrios más carenciados del sur del conurbano bonaerense, organizando comedores barriales, actividades recreativas y de apoyo escolar en Claypole y Florencia Varela. Recorrí el gran conurbano en escolar naranja o en bondis prestados llevando a los pibes de campamento y campeonato. Allí conocí de cerca la tragedia existencial de la exclusión y la marginalidad, la calle de tierra, el zanjón y el techo de chapa de cartón. Conocí también una política ausente que renunció a su vocación transformadora en manos de mercado.

Durante mi adolescencia, conocí también el dolor humano en su expresión más auténtica, pero también su inquebrantable fortaleza, el Cottolengo Don Orione marcó para mí un antes y un después.

Soberbiamente temprano, creí saber de manera cabal como terminaba la historia, “la gran historia”, y al concluir mi secundario ingresé al noviciado queriendo cambiar el mundo. Ser clérigo intoxico mi mente, por fortuna, sin retorno, el tiempo se fracturo para mí en múltiples y simultáneos presentes colectivos: caminé por el Impenetrable Chaqueño, sentí su calor, comí con su gente y me picaron sus enormes mosquitos; atravesé el Ñeembucú Paraguayo para trabajar en el Proyecto Comunidades de Base, navegué sus esteros y supe por mi mismo que allí el tiempo estaba detenido, que los Jesuitas nunca habían sido expulsados y que el tren nunca llegó; estuve en La Paz, en el Beni y en Santa Cruz de la Sierra y ahí comprendí lo que era un estado sin nación pero con un gran proyecto para pocos.

Corría el mes de diciembre del año 2001 y aquellos “presentes paralelos” nunca más me permitieron ver la unidad del “mundo” y su inteligibilidad occidental. Odie con amor la filosofía y quise comprender la praxis del poder que condicionaba al hombre. Entre ruido de cacerolas y gritos de furia, salí al “mundo”, y fui un perfecto NN, pasé hambre y con mi orgulloso promedio 9,86 y mi tesis sobre la libertad del hombre en Friedrich Nietzsche lave copas, hice café y supe lo que era comer una vez al día, tener un solo traje y un solo par de zapatos, uno solo durante cuatro años. Trabajé en negro jornadas de 12 horas y estudie de noche, viví en espacios de 20 metros cuadrados. Me afanaron tanto ideas como años de jubilación y cobertura médica. Pero a pesar de ello nunca deje de creer en el hombre y en su capacidad transformadora del mundo.

Me interné en las ideas, encontré libertad en las neurociencias y supe que entre las neuronas, la paz y el desarrollo no había más que un salto de conciencia. Me volví un cínico, comencé a describir, nomenclar e hilvanar el mundo subido al “ponie” del conocimiento. La praxis era relato y el compromiso era una idea. Conocí gente erudita que narraba lo que nunca había visto ni olido y que aconsejaba lo que nunca haría y criticaba lo que nunca había hecho. Y aunque tardé en despertar, hastiado recordé el mate cocido de la villa, el chipa del Paraguay y la chicha del andes; y comprendí que la transformación que buscaba estaba en otro lado. Estaba con la gente, claro que si aplicando las ideas y también creyendo, pero por sobre todas las cosas entendiendo que nuestra máxima capacidad trasformadora está el plástico poder de la política.

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